Lo que la vecindad agravia de cada cosa,
la rama en el crujido recóndito presiente,
no adula el oído con miel intermitente,
sino exalta, enardece, vertebra y no reposa,
mordiente es marejada que la margen acosa
de la falaz firmeza de un frágil continente;
hace innúmera arena del grano indiferente
en suelo que la mar desagrega silenciosa.
¡Que apacigüe el paisaje un maternal abrigo,
y asordine la alarma el musitar de la brisa,
por que en el todo el alma se rêencuentre consigo,
y en seno de onda, en cuello de cisne, la insumisa
recta, almenada y límite, se curve y remanse,
dejando el otro reino, el oculto, a nuestro alcance!