Pange, lingua
Héctor A. Piccoli · Filiación

a mi padre, i. m.
Aquí sobre la mesa, junto a la ventana, la luz yerma sesga y ciega el oro desmoronado de la transubstanciación. Aldo: su filo troncha aún la corteza, y separa del pan para tu ausencia una rodaja; ¿o es el pan mismo, el que con un color de girasol ebrio cayendo hacia su centro, dentro de sí se aleja, se aleja de tu hambre que congrúe, en Rembrandt, ese derecho regio a la renuencia y al enfado, con el empecinado mandamiento del amor?: iluminarse así en la crisálida de ser, medrar y soflamarse, hasta abstraerse por fin y derivarse… Aldo: el aire es más leve y más puro en el livor y el añil de los celajes, al caer la tarde del otoño, ágil en la florescencia de las velas aun bajo el sopor del sol, cuando apacienta esa nívea primavera y la apresura en agua undosa, pero en el sueño, es sólo seno y secreto espesor; en él despierta a veces el encordado vivo de tu voz, y el timbre juvenece, el timbre hiere y embalsama como el color de los ciclámenes, sin hálito, como una pura patencia, una gota de púrpura recogida por la nada, encarnada y extinguida en el enigma de surgir y substraerse… Una barca –aun sumergida– imprime tenue su forma a la corriente: ¿Estás así sumido en mí, obligado a esperar el lento desguace del agua indefinida, o figuras ya otras filiaciones, o eres libre y filigranas tu decidida distracción?… Si estamos simplemente ambos en la marea mayor, durará el dolor del nauta lo que el más largo aprendizaje, y cuando pasado y porvenir sean una providencia, quedará sólo un fulgor cansado de polen sobre las pestañas del “ángel”… * Un niño adusto en traje marinero vela en el apaisado claroscuro, vela erguido entre los suyos, no me mira, pero en los puntos en que el sepia palidece se deja adivinar la magnitud del azul responsable, del azul inmarcesible que me guarda, y su mirada no fuga, en su mirada gravito con las cosas y las cosas ya están sueltas de la ajada pompa campesina del retrato. Es el mismo azul del joven, los trozos de cielo que enganchara la raspa, el cascabillo de la espiga que fuiste, dos lagos siempre algo crispados como por el punzante deber de su pureza… Y el mismo aun, estadizo e infiltrado por el magma del crepúsculo que te ganaba desde dentro, el espejo ofuscado de tu cuerpo sin músculos, de tu arboladura sin velamen bajo el derrumbe de la nube, el último refugio del reflejo en el que por un instante fui tu hermano… Aldo: ¡cómo te demoras en tus trajes, cómo sigue tu letra diciendo “a la derecha” en el estante, cómo se atenaza tu bocado en el cubierto! „Brot ist der Erde Frucht, doch ists vom Lichte gesegnet“ * A la puerta de tu casa llegas todavía, como aquel día de tu hija, para mí, y la gran caja roja que me traes está llena de mínimas faenas ferroviarias, y en el vano de esa puerta estás llorando ahora otra ‘primera’ vez, y tu llanto a contraluz está transido de una velocísima congoja, y en la luz veo mi memoria como un páramo batido por el viento, y soy el vidrio del retrato, soy la travesía del niño marinero hasta el lugar de su bondad: el otro niño que me mira, y te ve, Aldo, “arreglando los juguetes”…