Romancillo de Lucio niño
Héctor A. Piccoli · Filiación
De dos mares mínimos aves sucesivas llevan a las cosas tu azul y ensimisman con sus nombres nuevos la luz que salpica de aleda más lúcida el mar al que miras:
álzala, olita que el confín se agita.
Las criaturas nadan en el agua íntima y el sopor de ser siente igual y abisma hierba, espejo, cielo, pluma, luna, niña, piedra y pececito; su diáspora evita
y álzalas, olita que el confín se agita.
Nada te es ajeno, lo extraño extasía –rompiente en la espuma– su bruma en tu día: ciervo, hormiga y oso tienen vocecitas que en tu “¿cómo hace?” los identifican
llámalos, olita que el confín se agita.
Todo lo entrañable –la brasa encendida– duele antes de ti, duerme en tu vigilia y en tu sueño vela: cicatriz y herida, naciendo después, todo lo anticipas
guárdalo, olita que el confín se agita.
Al crecer la música los bronces complican el hálito unísono; tu voz, sumergida, el arrullo yermo con que el mundo imbrica tu forma a la forma, al rumor, medida
háblame, olita que el confín se agita.
No podré esperarte allí adonde arribas, pero esta pasión, ¿no es de lejanía? Volverá a la margen la antigua primicia y será ella y otra mi alma desprendida
olvídame, olita que el confín me agita.