Lunación

Héctor A. Piccoli y Claudio J. Sguro

«[…] el verbo selenelalio. […] y hable, por fin, la luna sobre nuestro silencio.»

Aldo Oliva

Satelles noctis no, círculo armado, extático bajel del firmamento: si tu orza de luz hiende el calado de la sombra, sesgado es y opulento, aunque en prestada plata, el predicado pródigo pero impar del lucimiento, pues tu esplendor reduce a un reflejo, pues tu imagen retiene en el espejo

de alterna crisopeya, en cuya mar desmaya gradualmente tu figura, deslavazada y vana, al aguardar el nómada que vuelva en tu dulzura, de noche, el cendal frío y estelar a aplacar la distancia que conjura. Celaste, σέλας, al durmiente allende, y no eres la que el arco irisó aquende?…

Y la otra luz, cinérêa, que te incide desde aquí y consuma hasta el contorno, ¿no es plenilunio inverso, ya que impide olvidar tu silueta intuida, adorno pensil del yermo azul, que nadie mide y sólo anhela un pálido retorno? Como fulge en ti gélido el albedo, porque argéntêo convierte ardor en miedo,

así a tu oculto rostro, el otro, liga –exhortando a acrecer nuestra conciencia–, el poeta la no vista enemiga; a integrar el enigma que silencia su nombre nos convoca, porque obliga a atenuar el perfil de la existencia. ¡Tenacidad ha de ofrendar la llama a tiniebla que envuelve y la reclama!

“¿Cómo entregarse a esta noche oscura, valiente, sin jamás cerrar los ojos, para ver, en la tierra, tu albura?” “Descuida, sé impetuoso, puro arrojos; tuyo será mi centro que fulgura y acrecido tu sino a manojos.” “He cinglado el océano del miedo, con cada cresta ebria que transgredo.”

Tu rítmica ocurrencia la mensura del perpetuo, intangible movimiento sugería… y el número captura del silente caudal cada fragmento; tu helada lava asciende por la oscura senda en que a aquél seguía un sentimiento, que en el Hades recobró su empeño, perdió, y reencuentra en fuentes de tu sueño.

Mayor te cifra arcano el doble nueve; allí, absorta, levitas en la escena: que con cáncer conciencia el agua eleve; que al lobo sea el perro el que serena; que hagan torres que nada se subleve; que sean senda y meta áurêa cadena y en yods caigan las gotas del rocío con que nutres y velas por el trío.

Bahía de este campo de zafiro; en el piélago, hiato de la sombra: “medro y menguo, siguiendo tu respiro,” —canta cada criatura que te nombra— “la fija variación que imito y miro: el oleaje que hiere y asombra.” No será de aquí, nauta del suelo, quien te conozca, si no copia el cielo.

HAP y CJS

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