HAP

El lagar agostado…

Héctor A. Piccoli · Si no a enhestar el oro oído

I

El lagar agostado es de noviembre; y es la abrumadora claridad, o tan sólo la pericia del ardor, en los asombros contiguos bajo la marquesina pálida, hecha briznas sobre una opalescencia siempre al lado de sí misma, la luz? Oh, los fuegos, más fríos, del envés, y la pertenencia asida, fugaz, apenas antes de su “étoiler”, en un telón, ya, casi infinito… Para quién, para quién dejado ‘dentro’ de la mínima clausura, la noche con la arboladura ajena y los san telmos, en un instante de aire? Para quién la otra noche del cercado blanquísimo, donde una red se arrebuja entre la alfarería imaginada, en un instante de agua? Entre la planicie del ser y la planicie del no ser, como la inocencia que se oye sordamente golpear en el payol, cenceña con su cota y con sus óleos, aunque inerme, sin embargo, ante los alfileres de la asfixia, * capturas sólo una maleabilidad en acto…

II Los ojos y la boca son pintados, extendidos, acentuada su languidez, su carnalidad o seducción, o simplemente sugeridos en un hechizo siempre más allá de sí. –Voy…, es cosa de un minuto Los repliegues de una o, góticos, en la penumbra que el maxilar incera, y los párpados parece, hubieran concedido, también, en el desmayo de acompasarse, a la laboriosidad del artificio. (–“¿No he visto también aquí al que me ve?” *

Un destello ha terciado en lo súbito, como la gravedad viviente entre ‘ti’ y ‘mí’.)

–Voy, voy… espérame un minuto La rigidez de la fuente devuelve el desenfado, que se abisma en una gimnasia, ya, del éxtasis La rigidez de la fuente, en la oscuridad del tocador.

III No de beber ábaco, el vaso que guarnece el tafilete guarda el golpe, fungible osario él mismo del azar *, prescribiendo distribuidas noches de Samos al nácar abolido. * Sobreviene después, como un sumergimiento en lo radiante acabada toda forma, las completivas asas para la porcelana discurrida y anterior, el complimiento de la muerte, en el cuello del ánfora. Dintornado, en ese recorrido en que la pilastra no sostiene, fábrica elusiva, cada cuerpo no es ya lo más prieto del espacio, sino un espacio cada cuerpo por cariátide ubicua deshojado. Y vuelve al sueño la aludida; al alabeo y la lisura de encendida nube que se hunde, inalcanzable e inmediata en su posible nitidez. Vuelve al sueño entre la voz y la voz, que llama del sueño a la vigilia; vuelve y crece inútil vulneraria para el vano por efectiva llaga vivo.

HAP

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