HAP
Sobre el verso «Sacra privata [***] el hijo: –Es ahí: tras el cañaveral y el puentecito enjuto donde como un guijarro cada durmiente ha perdido su flanco, aunque crucificado a un lecho sin asperezas; el candoroso riesgo de salvar juntos, –mi seto vivo de este mundo– los maderos muertos, nos adivina solos en lo instable y tendido que lleva a la otra margen. Pero hoy, la bonanza del panal acendrado de la siesta ha hecho verdecer el campo con la vacilación de la veste quitada que se posa sobre una morbidez de pleamar; sólo la impertinencia del tábano zumbón cenefa este brocado, en cuyo tercer alto, –cercenado corazón–, nuestro corro se ofrecerá al día como a la indiferencia del arúspice. la madre: –La copa de sombra, la guedejada oquedad con que el sauce se inclina en el meandro al agua estéril, será el engaste de nuestro goce del halo grupal, de nuestro brillo para nadie en este cielo, como en el cajón lacrado el de la joya ha tiempo recibida en heredad. el hijo: –Cercados, cercada, eres tenuísima y tenaz como el musgo que crece en la cascada al borde de la roca. Otro borde, intangible» del poema Sacra privata

Nota de autor

Nota 2 a «Sacra privata»

Héctor A. Piccoli

Creo que este pasaje, comprendido entre «Otro borde, intangible,…» y «Sólo la sensitiva exhausta, exhaustiva….» es uno de los lugares en los que logré referirme con mayor precisión a uno de los temas que más me preocupan poéticamente (aparte del de la muerte): esto es, el de la animalidad. Siempre me pareció llamativo el tan escaso número de poetas que han pensado la animalidad: uno de ellos (con un tratamiento no demasiado extenso, pero de gran intensidad) es Rainer Maria Rilke; otro, naturalmente, Juan L. Ortiz.