Sacra privata ***
Héctor A. Piccoli · Si no a enhestar el oro oído
el hijo:
–Es ahí: tras el cañaveral y el puentecito enjuto donde como un guijarro cada durmiente ha perdido su flanco, aunque crucificado a un lecho sin asperezas; el candoroso riesgo de salvar juntos, –mi seto vivo de este mundo– los maderos muertos, nos adivina solos en lo instable y tendido que lleva a la otra margen. Pero hoy, la bonanza del panal acendrado de la siesta ha hecho verdecer el campo con la vacilación de la veste quitada que se posa sobre una morbidez de pleamar; sólo la impertinencia del tábano zumbón cenefa este brocado, en cuyo tercer alto, –cercenado corazón–, nuestro corro se ofrecerá al día como a la indiferencia del arúspice.
la madre:
–La copa de sombra, la guedejada oquedad con que el sauce se inclina en el meandro al agua estéril, será el engaste de nuestro goce del halo grupal, de nuestro brillo para nadie en este cielo, como en el cajón lacrado el de la joya ha tiempo recibida en heredad.
el hijo:
–Cercados, cercada, eres tenuísima y tenaz como el musgo que crece en la cascada al borde de la roca. Otro borde, intangible, nos ciñe por la izquierda * en los ojos del ganado que ha bajado a beber: ése es nuestro segundo horizonte; la mirada que refiere la criatura al sacrificio; la mirada que espesa a la criatura en el número crecido para el ara. Somos ratificados en la nación extensa por cada animal al padecer, por su opacidad de retraimiento… El dolor en que se abisma un animal es el lema que arde, el lugar por donde se rasga una bandera común y denegada. Sólo la sensitiva exhausta, exhaustiva, puede ser divinidad.
la madre:
–Para un liviano manjar, el curso menguante del arroyo dejó la piedra que será mantel y banco, isla en cuya mínima albufera, vuelto hacia su envés y adormilado para siempre, cáncer transparece… Que hasta ella, sobre el raudo brazo, sea para nosotros el tuyo cayado paciente.
el hijo:
–Todos, en nuestras ropas de agua… cetrina, del color del lecho de la última consunción, de la albura ajada que azulan ya las venecillas del transfín, tu piel y la de él involucran la mía, como el cielo y la tierra a la mies destituida. Pero no temáis, cruzad, ceñid el cesto undoso del que se sumerge lentamente… Bajo su tibieza estival, cada mínimo hontanar del fondo herirá el pie y sabréis de la obra gélida de la agujadera de los veneros y las napas…
el padre:
(–Aquello por lo que la distancia intercedió, la patria, el polvo gradual sobre el monólogo de los penates de allende; lo que medró, o volteó la nube; aun lo que la sementera equivocó; * todo eso, no está ya entre las cosas.) *
la madre:
–Esta apaciguada belleza… con un rumor de herramienta en la labor que finaliza, con el pavoneo de la música ante lo que ya no sucederá, desciende entre las ramas una madurez acordada al día que declina. (Allá, en el jardín ahogado por la paz de algo adventicio e innombrable, seguirá creciendo, salvajemente el ligustro hogareño.)
la soterrada, la definida –una voz sobrecubierta–:
–La luz se va, y os conciliáis en mí. De ella, evidente y virtual, soy para vosotros el sazonado fruto y la ruina abrasada, la ceniza en el anillo, la ceniza del agua de separación, * yo, la manifiesta, la adolecida…
el hijo:
–El vapor de zafiro sobre la lejana alameda, el azul más profundo en la noche que cae, hacia oriente…